martes, 30 de diciembre de 2014

La pelea entre una rata y una cucaracha enloquecida.


Diciembre 2014.

Las memorias del uno, las memorias del otro IV.

La pelea entre una rata y una cucaracha enloquecida.

1.

Desde hace mucho tiempo, tal vez tres años, he puesto mi atención en Marien. Es una mujer de estatura baja, un metro cincuenta o sesenta. Tiene la piel morena, teñida por el sol, ojos cafés, cabello largo y una nariz demasiado respingada. Marien iba en el colegio donde cursé desde sexto de primaria hasta sexto de prepa. Sin embargo, nunca me interesó hablarle, pues, supuse que no habría tema de conversación. Recuerdo que por lo general estaba rodeada de compañeros y de sus amigas. Ahora que lo pienso, nunca la he visto sola. En fin. Crucé palabras con ella el último año de preparatoria en un viaje en el que coincidimos. El destino fue León-Guanajuato. Una vez allí, como era su costumbre, estaba rodeada de gente. Yo la veía a lo lejos con un amigo, Jorge Castro. Ambos reíamos y nos reprochábamos no ser igual de imbéciles que los demás para lograr tener una plática con ella. No obstante, ignoramos en ese momento que no sería hasta un par de días después, en Guanajuato-Guanajuato, donde tendríamos una larga e interesante platica con Marien, Leticia y una botella de vino.
            A esa plática le siguieron varias similares. Hablábamos acerca de viajes alrededor del mundo, sueños incumplidos, arte, escritura, libros, asuntos familiares, amores imposibles, etc. El hecho de escucharla me causaba angustia. En vez de entenderla, con cada platica se me presentaba distinta, extraña, extranjera, diferente. Tal vez sea esa la razón por la cual estoy escribiendo sobre ella ahora mismo. Esta atracción, lamentablemente, continuó.

            Hace tiempo que invité a Marien al D.F. a pasar un fin de semana conmigo. Ir a caminar por la ciudad, comer juntos, ir a beber a algunos bares, ir a museos que seguramente le hubieran gustado, etc.  era lo que yo buscaba con su compañía. Una vez invitada, Marien, increíblemente, había dicho que iría. Me sorprendió, nunca pensé que se animaría. Y así fue. Tres días antes de la fecha acordada –una noche previa al ultimo día de clases del semestre– me mandó al carajo. No la culpo, seguramente tenía cosas más importantes que hacer como ir a platicar con sus amigas, salir con algún hombre güero de ojos azules, o en el mejor de los casos, dedicar el fin de semana a pintar sobre su caballete escuchando rock & roll.
            Apenas mencionó que no vendría a visitarme, María –una amiga con la que desde hace tiempo he pasado momentos memorables y degenerados– comenzó a hablarme vía Facebook. Comencé a reír y a platicar con ella. Quería que fuéramos por un trago al día siguiente y a conversar sobre lo que nos había pasado a lo largo de un año, tiempo en el que no habíamos cruzado palabras. Confirmé su invitación. Así que, pongan atención lectores, pues, a falta de una historia medianamente interesante como lo hubiera sido la narración de la visita de Marien, les contaré lo que me sucedió al día siguiente de su rechazo. Lo que a continuación leerán no tendrá más sorpresa que peleas, ríos de alcohol, sexo, departamentos destruidos y rechazos. Así es que les recomiendo dos cosas: a) dejar de leer esto y esperar la siguiente entrada que tratara sobre el acto de opinar, caso Ayotzinapa; o, b) ir por un trago, leer esto y al terminar ir inmediatamente en búsqueda de su Marien para no cometer lo que al final de este texto realicé en un acto irracional y desesperado. 

2.

Ir a la universidad desde mi casa significa; $22, tomar dos veces el metro, subirme a dos camiones que por lo regular están hasta la madre y esperar de hora, a hora y media para llegar al destino. Por consiguiente, anticipo mis idas ahí; hay veces que no vale la pena. Sabía de antemano que en calificaciones no me había ido “bien”. Es decir, no había acumulado los puntos requeridos por la universidad para tener el conocimiento necesario para ser un líder emprendedor humanista y cambiar al mundo. Aún así, tenía que ir el último día de clases a las 11:00 a.m. para saber la mediocre nota que el profesor me iba a poner. Así que me levanté a las 8:00 a.m. con algo de resaca, recordé lo de Marien, realicé mi rutina matutina y me encaminé la universidad a escuchar lo que ya sabía.
            Llegué temprano, a las 10:15 a.m. Decidí colarme al departamento de Comunicación. Es fácil escabullirse ahí y tomar el café gratis que es para los docentes. De hecho, la secretaria del departamento, Laura, piensa que soy docente de asignatura. Me cae bien, es demasiado amable y casi diario lleva una falda lo demasiado corta para que, si se es atento con la mirada, se pueda localizar su entrepierna. Después de tomar mi café, fui a fumar un cigarro. Ahí me encontré a un amigo con el que suelo platicar de novelas como El Señor de los Anillos, de mujeres, y de nuestra carrera. Me esperó pacientemente y acudimos a recibir las notas. Una vez dentro del salón, vi a María hablando con Juana, una de sus amigas, al fondo del salón. Decidí no ir a saludar y salir al jardín a fumar otro cigarro. Regresando al salón, vi a un grupo de compañeros rodeando al docente. Imaginé a una perra callejera en celo y a un montón de perros mal alimentados alrededor de ella queriendo penetrarla para luego ir a buscar basura para comer. Me dieron risa y decidí esperar al final. Así podría burlarme de sus caras cuando éstas sonrieran o se angustiaran. Casi al principio pasó María a mi lado, acariciando mi espalda baja preguntándome a qué hora nos íbamos a ver. Le dije que me hablara a la 1:00 p.m. Pasaron los otros treinta y tantos compañeros hasta que fue mi turno. Me senté en la silla frente al  docente. Inmediatamente sacó mis exámenes, me los entregó y posó su mirada en la pequeña pantalla de su laptop buscando mi nombre en las casillas de una hoja Excel. Le quedé viendo fijamente el rostro pensando en los momentos en los que él me había hecho sonreír o hecho reflexionar acerca de las atenciones que tiene un hombre con otro. A eso acudía a las clases, no a aprender números ni complejidades absurdas; el acompañamiento de entes que transitamos el universo. Prefiero quedarme con esa vivencia. No le comenté nada de lo que pensaba y sentía en ese momento, aún no sé por que no lo hice. Me dijo que había sacado 8. Le di las gracias, un apretón de manos manteniendo su mirada y salí del aula con una lágrima a punto salir de mi ojo. Fui a encender otro cigarro alejado de la gente. Pensé en qué hubiera pasado si hubiera enunciado el momento de congoja con el docente y si hubiera soltado esa lágrima. Ahora son quistes en el alma, protuberancias llenas de silencio y miedo. Eran las 12:15 p.m.

3.

Tenía sed. Eran demasiadas emociones en ese momento. Las ignoré dirigiéndome a la máquina dispensadora de Coca-Cola a pedir una. $9. En mi infancia costaban $5. Aquel refrigerador gigante vomitó la lata, me agaché reverenciándolo por quitarme dinero y darme líquido negro, tomé el producto, fijé mi vista en una bola de papel higiénico que estaba en el suelo y logré levantarme. Pensé en mi promedio del semestre. Me faltaban unas décimas para cubrir el requisito. No podía hacer absolutamente nada por cambiarlo, pero eso aún no lo sabía. Así que acudí con dos docentes a pedirles, que por favor, me subieran un punto en la nota final. Apenados me dijeron que el día anterior habían entregado las calificaciones “al sistema”. ¿Quién será el señor sistema? Les agradecí a ambos y salí más relajado. Al menos tenía seguridad de dos cosas en la vida. La primera: Marien no estaría conmigo el fin de semana y, la segunda: no había sacado el promedio requerido. Me dirigía rápidamente a la salida cuando María volvió a llamar al celular, eran las 3:02 p.m.

4.

-¿Hola? –contesté–.

-Perdón, se me fue el tiempo platicando con mis amigas. ¿Aún estás en la universidad o por aquí? –preguntó María–.

-Iba a irme en este instante. No te apures, a mi también se me había olvidado.

-Ha-ha. Hay que vernos, te veo fuera del departamento de filosofía.

-Está bien.

            Mientras iba caminando la pude ver de lejos. Estaba con Beatriz, una de sus amigas. Al llegar saludé a ambas. Platicamos cinco minutos y Beatriz se fue. María me preguntó a dónde quería ir.

-¿Aún vives en el edificio que conozco?

-Sí.

-Podemos ir allí y comprar un par de vinos. Es más barato.

-Va.

-Vamos por el vino a una tienda aquí cerca. Son buenos. Te van a gustar.

-Está bien. ¿Muy conocedor de vinos ahora, o qué?

-Solamente sé lo que me gusta –respondí–.

            Salimos de la universidad y acudimos a la Castellana. Una tienda de vinos, licores y tapas españolas. Ahí acostumbro ir a comer con mis amigos después de clases. Tomé dos Malbec. $150. Salimos de la tienda, le hice la parada al camión.

-No, vamos en mi camioneta –dijo María–.

-Pensé que habías renunciado a ella. Al menos eso me dijiste hace un año.

-Muchas cosas pasan en un año.

-Como por ejemplo, la Navidad y el Año Nuevo –le dije restando importancia a su comentario–.

A punto de ingresar a la universidad recordé que está prohibido meter bebidas embriagantes allí al menos que haya un ‘evento especial’ como por ejemplo: la graduación de una generación, la presentación de un libro que seguramente ganará el próximo novel, etc. Así que escondimos las botellas en la bolsa de María. Reímos bastante. El guardia nos vio, sonrió y movió la cabeza hacia los lados. Nos burlamos del simulacro que se monta en diferentes lugares para hacer creer que hay seguridad. Fuimos al estacionamiento. Bajamos dos niveles y ahí estaba su Jeep negra. Nos subimos y en el asiento de copiloto vi una revista “social” ahí expuesta. La tomé, la comencé a leer y María me dijo:

-Ahí trabajo. Me llevo con los dueños.

-Qué asco. ¿Te pagan? –pregunté–.

-Claro.

-¿Mucho?

-Lo suficiente.

-¿Qué haces exactamente? ¿poner los nombres de la gente en orden, o, escribir los títulos?

-Tonto. Edito la revista.

-Oh.

            Salimos del estacionamiento, estuvimos a punto de chocar con un pesero. Olvidé lo mal que manejaba María y el pavor que me daba subirme a su camioneta. Reí y maldije un par de veces. Después de diez minutos llegamos al edificio, aunque tardamos media hora en entrar a su departamento debido a una falla en la chapa de la puerta. Allí me di cuenta que había cambiado de departamento. Ahora vive en el piso 6, no en el 7. Se abrió la puerta e imaginé la entrada al infierno. Vi su piso de color rojo debido a un tapete que tiene desde hace tiempo.

5.

Pregunté dónde estaba el destapa corchos y un par de vasos para servir una de las botellas de vino. Se disculpó por no tener copas. Disculpa que me pareció innecesaria. Siempre tomó vino en vasos o tazas en mi casa.  Me dirigió a su cocina y me señaló unas puertas. Dentro habían botellas de vodka, ron, algunos vasos y el destapa corchos. Tomé lo necesario, me dirigí a la mesa de cristal que tiene en el área del comedor, abrí el vino y nos serví. Antes de tomar asiento fui por un plato para arrojar ahí la ceniza de mis cigarros. Una vez sentado, brindamos por la ocasión y bebimos hasta el fondo. Sequé mis labios debido al derramé del vino en mi boca y volví a servirnos. Me preguntó si quería poner música. Respondí que sí. Me gusta poner la música que a mí me gusta en reuniones, al menos que la compañía sea un amplio conocedor y tenga buen gusto. Puse Portishead, un álbum en vivo que grabaron en Nueva York. Tomé asiento de nuevo, encendí un cigarro y comenzamos a charlar sobre nosotros. Comencé la plática con lo que había sido de mí y, al terminar, ella expuso su parte. El álbum había terminado. Decidí poner Deftones. Abrimos la otra botella de vino y continuamos bebiendo. Me comentó que sus ideas sobre la sencillez, conocer el mundo, viajar, escribir, leer y demás se habían ido al carajo. De hecho, ella ahora concentraba su vida en convivir con la ‘alta sociedad’ de Monterrey, beber, ir a Los Cabos los fines de semana e ir a antros todo el tiempo. Seguimos bebiendo. Las dos botellas de vino se habían terminado, fui por el vodka, hielos y nos serví a ambos. Continuaba escuchando. El hecho que ella me contara lo que había vivido y el gran vacío que sentía al continuar con ese estilo de vida me hizo sentir como un padre escuchando la confesión de una mujer. Agradecimos ambos la escucha y cambiamos de tema, cosas que no requerían tanta atención. Ella continuó bebiendo rápidamente. Terminamos la botella de vodka y comenzamos a servir ron. No había nada que nos parara. Era una plática que fluía mientras metiéramos alcohol a nuestro cuerpo.

6.

Comenzó a hablar sobre su más reciente enamoramiento con algún hijo de puta de Oaxaca. Empezó a balbucear y ahí supe que ese encuentro se iría directo al carajo. Me levanté y me dirigí hacia el gran ventanal que da hacia los cerros del valle de México. Observé con detenimiento el ocaso. El sol huía del mundo detrás de grandes edificios, un tráfico que abarcaba kilómetros, ríos de gente vestidos con traje por las calles, un exceso de ruido absurdo y miles de luces encendiéndose queriendo simular la luminosidad del sol. Me concentré en las sombras que producía el choque de los rayos con cualquier objeto. Mientras era parte de ese acontecer, María, ya alcoholizada, arrojó mi Ipod al suelo y puso sus canciones favoritas. Inmediatamente le subió al volumen, comenzó a bailarlas y a cantarlas con mucha fuerza mientras el sol nos arrojaba, de nuevo, a la oscuridad.
            Me serví ron con hielo, fui por un cigarro y me senté en su sala a verla bailar. Había adelgazado bastante, se veía bien, aunque con menos volumen en sus senos. Tenía una chamarra de cuero, una ombliguera de color rojo y unos jeans muy apretados. Se me quedó viendo a los ojos y comenzó a acercarse lentamente hacia mi. Se sentó en mis piernas, aventó el vaso de cristal al suelo igual que mi cigarro y comenzó a besarme el cuello. Ella olía a coco, es su olor favorito desde niña. Llegó a mis labios y me mordió hasta sacarme sangre.

-¡Carajo, estás loca! –le grité mientras me quitaba la playera–.

-¡Cállate y cógeme! –me gritó–.

            No sabía sí era en serio o estaba bromeando. Así que continuamos besándonos. Ella se frotaba fuertemente contra mi pelvis. De pronto, cuando estuve a punto de quitarle la playera, ella se levantó y corrió a servirse más ron. De regreso se cortó el pie con un vidrio roto que estaba en el suelo debido al vaso que ella había lanzado. Comenzó a reírse y se cayó al suelo. En ese momento supe que no estaba bromeando. Me paré a levantarla y me pidió que la dejara en el suelo. Cambió de canción, puso Rape Me de Nirvana. Me agradó el cambio de música. La levanté, se desnudó por completo y nos sentamos a seguir bebiendo en silencio. Ella agitaba su larga cabellera negra de un lado a otro cantando. Yo solamente la miraba en silencio. Sin previo aviso tomó la botella de ron y la bebió de un sorbo. Se levantó y comenzó a bailar más.

-¡Ve por más vino! –me gritó riendo–.

-¿Dónde está?

-¡En el refrigerador!

            Me levanté para ir a la cocina, abrí el refri. Solamente había una botella de whisky y otra de Coca. Las llevé a la mesa, nos serví a los dos. En ese momento ya estaba ebrio. El mundo me pesaba, me sentía como una rata gorda escavando el inframundo de la Ciudad de México. Tomé consciencia cuando María me comenzó a quitar los boxers. Ella succionaba y succionaba. Me rendí ante ello. Levanté su cabeza, la tomé del brazo y caminé hacia la sala. Nos tiramos allí, seguimos besándonos. Apunto de la penetración ella se levantó a servirse más whisky. Está bien. Jugaré su juego, me dije. Me levanté y me serví otro trago. Ella había derramado Coca en el piso mientras bailaba. Puse atención para no pisarla, fue inútil. Brindamos hasta el fondo. Nos servimos otro trago. Regresé al sillón. Ella seguía bailando. Su piel empezó a caerse en pedazos, como una coraza de cucaracha. Éramos una rata y una cucaracha ebrios peleando por poseernos.
            No soporté más. Fui por un trago, lo bebí de fondo y la tomé en mis brazos. Era resbalosa. No tenía piel. Se movía como queriendo escapar, pero me besaba al mismo tiempo. No sabía qué hacer. La pude haber dejado, pero continué besándola. Nos dirigimos a su nido hecho de hueva de otras cucarachas. Se tumbó boca arriba abriéndome las piernas. Comencé a besar su pubis, sus ingles. Ella me tomó de la cabeza, me alzó a la altura de su rostro, tomó mi verga y se la insertó con violencia. Comencé a penetrarla fuertemente. Solamente se escuchaban sus chillidos. Con sus seis patas me prensó la espalda haciéndome heridas. La sangre chorreaba en su cama. Era una batalla salvaje. Yo continuaba penetrando. Ella enloqueció, gritaba, me empujaba y al mismo tiempo hacía más presión en su vagina. Ambos perdimos la razón. Nos caímos de la cama. Cambiamos de posición. No podíamos separarnos. Ella quería tener algo dentro, yo quería estar dentro de ella. Nos azotábamos contra muros, contra el piso. Entramos a su baño, cogimos en el lavadero hasta romper el mueble, el piso se inundaba. Ella me arrojó hacia atrás con una patada. Se metió a la regadera y abrió el grifo. El agua era helada, no importaba. Las cucarachas sobreviven ante cualquier atrocidad. Inclusive a una rata. Me metí tras de ella, rompimos la cortina del baño, nos caímos y ella salió corriendo por un trago. La seguí rápidamente. Nos acabamos la botella de whisky. Nos arrojamos sobre la alfombra roja, me prensó con más fuerza que nunca, no podía dejar de penetrar. Ella me arrojó de una patada y me empezó a comer la verga. No paraba. La tomé del cabello y ella empezó a masturbarme fuertemente. Yo gritaba y ella gemía como una gata en celo. No pude contener más. Me vine mientras ella rociaba el semen alrededor de toda su cara. Al terminar succionó por última vez mi verga con delicadeza. Ella había triunfado. La cucaracha pudo contra la asquerosa rata que suele alimentarse de insectos.
            Me separé de su boca, fui por un cigarro y me acosté en el piso. Estaba exhausto, con la espalda y los pies sangrados, con restos de semen en mi pierna y una locura que poco a poco se desvanecía. Ella entró a su cuarto azotando la puerta con fuerza. Cambié la música. Puse Lulú, de Lou Reed y Metallica. Busqué más alcohol y encontré escondida una botella de ron. Me serví un trago y lo bebí de fondo. Toqué la puerta, ella me abrió y se acostó diciendo que la abrazará. Le dije que eso no iba a suceder. De hecho, le dije que ya me iba. Ella enloqueció al escucharme. Me aventó sus tacones, un portarretrato en la cabeza y demás pendejadas que tenía en su buró. Me vestí rápidamente, tomé la botella de ron, lo que quedaba de mis cigarros y salí de su departamento.

7.

Escuché sus gritos aún fuera de su departamento. Una vecina salió a ver lo que pasaba. Me vio a los ojos, gritó, tiró lo que tenía en sus manos y se metió a su departamento. Tenía que escapar de ese maldito lugar. Corría como una rata. Escapaba de mis depredadores. Tomé el elevador. Iba a poner planta baja, sin embargo, decidí picar el botón del piso 7. Ahí vivía una compañera de la universidad. Pensé que me podía hospedar y tal vez, coger. Toqué a su puerta. Me abrió un güey de unos treinta y tres años sin playera, con muchos músculos. Me sentí un idiota. Me di la vuelta y escuché que dijo: ‘¡qué asco, qué le pasa!’ Tomé el ascensor a planta baja. Salí rápidamente y vomité en la entrada. Corrí hacia un camión, pagué $6, estaba lleno de gente, yo hedía a alcohol y sentía la mirada de todos violando mi apariencia. Me senté en las escaleras traseras y dormí un poco hasta que se me cayó la botella de las manos hacia la calle. Maldije el momento, vi un asiento vacío, me senté. Eran las 7: 13 p.m.

8.

Marien había desaparecido de mis recuerdos. Mis cicatrices del encuentro con María también. El olvido había devorado ambos aconteceres hasta el sábado pasado. Manolo, un amigo, hizo una fiesta en Atlixco – Puebla. Junto con Marlon, Edu, Josephi y Kentucky fuimos a aquella fiesta. De camino compramos cerveza e íbamos bebiendo. De pronto, a petición de mis amigos, narré la historia sobre un acontecimiento en el que unas golondrinas se presentaron haciendo un espectáculo durante un mes en el estado de Chiapas. Seguimos bebiendo. Al llegar a la fiesta y después de saludar a algunos amigos, llegué con Raúl quien me dio una botella de whisky. Comencé a beber de ahí. Ambos platicamos un rato y, sin predecir el encuentro, Marien pasó frente de mi con la cabeza abierta, con sangre. Patética similitud con María. De eso se trata, de peleas, desollar, sangrar y beber. De nuevo, asustado por aquella imagen, le di un trago al whisky y huí, como una rata en búsqueda de paz, entre la gente de la fiesta deseando no ver nunca más a Marien, pues, lo que había estado muerto, enterrado, pudriéndose; se me presentó como un destello de luz.



JAGordilloL.

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