Febrero 2015.
Las memorias de uno, las memorias del
otro VII.
Gritar con ellos.
Para
Graciela E. y Mariel C.
1.
La convivencia
con la gente me aterra. El terror lo vivo como un continuo asombro angustiante de
diferencias y la relación que establezco con ellas. Saber que jamás, en esta
vida y con este pensamiento, voy a poder comprenderlas me produce asco, risa y
ganas de gritar.
La
semana pasada, mientras me dirigía a la universidad en el camión que parte de
Tacubaya dirección a Santa Fé, observaba a la mujer sentada a mi lado; llevaba
un vestido gris, blusa blanca y una mascada roja. A la altura del busto llevaba
un gafete de Liverpool con su nombre
–del cual solo logré distinguir las letras mayúsculas F y P. En su mano
izquierda llevaba una cosmetiquera de color rosa con pequeños círculos blancos.
Con frecuencia la abría para sacar algún maquillaje y pintarse el rostro. De
fondo, a volumen alto, se escuchaban canciones de “El trono de México”. Volteé
a mi derecha y vi a una niña con uniforme escolar jugando con sus trenzas,
recordé a mi hermana. De nuevo observaba a la mujer de al lado, me di cuenta
que sonreía mientras veía la pantalla de su smartphone.
Apenas leí un poco, parecía estar comunicándose con algún pretendiente,
pues apenas terminó de escribir, suspiró y con delicadeza se pintó los labios
de rojo. Deseaba comprender qué sentimientos pasaban por el cuerpo de aquella
mujer, sin embargo, había una barrera, un muro negro e impenetrable que
provocaba en mi un deseo de atravesarlo con una embestida de mi frágil y
desabrido cuerpo para poder escucharla y compartir con ella aquella felicidad
que irradiaba mientras se dirigía, seguramente, a su trabajo. De pronto, un
impacto en el camión detuvo el curso. El chofer había atropellado a una vagabunda
vestida con una gran playera gris que le cubría sus muslos desnudos y
mugrientos. Sus piernas sangraban debido al raspón. La señora logró levantarse
lentamente. Observó al chofer que estaba de frente a ella preguntando por su
“salud”, se levantó la playera y con sus tetas caídas, su abdomen arrugado y
cabellos de muñeca vieja, comenzó a gritar con la mirada perdida. La gente que
la rodeaba se distanció retrocediendo con miedo, el chofer le pegó al cofre del
autobús e ingresó enojado diciendo: “pinche vieja loca”, arrancó el vehículo.
Volví la mirada a la mujer que estaba a mi lado, lagrimeó un poco; su rímel se
había corrido.
2.
Bajé del camión a
las 9:03 a.m. Entré a la universidad caminando lentamente. Mientras me dirigía
al aula donde entraría a clase, visualicé a varios alumnos riéndose entre sí
con gestos horribles en sus rostros. Había mucho ruido, las personas hablaban
con condescendencia. Imaginé nuestro cuerpo desintegrándose rápidamente, nos
derretíamos dejando una mancha grisácea y pegajosa en el suelo, esa era nuestra
trascendencia, nuestra huella en el mundo. La clase fue una experiencia plana;
solamente veía a una mujer al frente articulando sonidos, yendo de un lado al
otro, alzando y bajando sus manos. Alrededor veía a mis compañeros sentados con
la vista puesta sobre su cuerpo mientras rasgaban papeles con sus plumas
vertiendo signos por aquí y por allá. Todos tenían ojos de admiración, como sí
estuvieran escuchando la verdad que los haría saber hacia donde ir en su corta
y cómoda vida. No importa. Es su deseo, al menos eso espero, al menos eso me
reconforta creer.
Salí de clase dirigiéndome al área
de fumar. Al llegar saludé, de lejos, a un par de mujeres a quienes había
conocido en una reunión a la cual recientemente había acudido. Recuerdo que
nuestro primer encuentro fue el momento en el que, beodo, ingresé en el baño
para orinar y, al encender la luz, las vi teniendo sexo oral en la bañera.
Ahora no estaban con el coño en la boca, pero si con un cigarro y vestidas
elegantemente aparentando ser ‘normales’. Encendí mi cigarro, recordé a la
mujer atropellada, sus tetas caídas, su abdomen arrugado, su cabello de muñeca
vieja.
Al terminar el cigarro, decidí ir a
la biblioteca, allí podría leer en silencio, o, simplemente reposar mi cuerpo
en un lugar sin que tuviera que ver a alguien. A punto de ingresar me encontré con Paulina, Mariel y
Federico. Los saludé e iniciamos una conversación de la cual rápidamente perdí
el hilo por decidir en silencio, si comprar una Coca-Cola o una cerveza. Retomé la atención a la charla, Mariel
tenía la palabra: “me dan miedo los hospitales psiquiátricos”. Me despedí de
inmediato, ingresé a la biblioteca. Una vez instalado, saqué el Curso de lingüística general de Saussure
y la libreta donde hago mis anotaciones. A punto de comenzar la lectura, la
enunciación de Mariel me hizo recordar el par de experiencias con aquellos
lugares, infiernos sujetos al dictamen de gente sana y cuerda, coladeras de
humanos inservibles y sucios, basurero de la diferencia.
3.
Era domingo a
medio día, había llegado a Chiapas un par de días antes con mis padres. Mi
padre me dijo que visitaríamos a mi abuela, me emocioné, la veía muy poco.
Subimos al automóvil, me senté en la parte trasera pegado a la ventana. Desde
pequeño me ha gustado observar por las ventanas de los autos el paisaje de las autopistas;
me imagino cómo sería mi vida si fuera los árboles, las plantas, los lagos, los
ríos; también me imagino cómo sería la vida entre aquellos ecosistemas sí yo fuera
del tamaño de un insecto. Se escuchó la marcha del motor, tomamos la carretera
durante treinta minutos adentrándonos en un bosque, iba a casa de mi abuela y
sus amigos, no vivía sola, siempre estaba acompañada de gente como ella y
personas disfrazadas de un traje color blanco que hasta ese día me parecían
ángeles. Para entrar a su casa debían de abrirnos una gran puerta blanca, había
policías custodiándola ¿mi abuela era un personaje tan importante? Estacionamos
el auto en una explanada de grava –me encanta el sonido que hacen las llantas
de los autos al estar en esa superficie–. Nos bajamos, tenía mi peluche
favorito en la mano, Simba había estado conmigo desde que tenía un año.
Entramos a un gran edificio de color blanco. Después de pasar varios pasillos
con cuartos de una cama, llegamos al jardín. Saludamos a mi abuela con beso y
abrazo, ella solamente dijo: “hola”. Un señor con ropa blanca comenzó a hablar
con mi padre, me aburrieron y fui a jugar al pasto. Empecé a hacer surcos en el
jardín imaginando que Simba excavaba para encontrar algún tesoro. El sol me
molestaba un poco, pero no me impedía estar allí. De pronto una sombra tapó sus
rayos, era mi abuela. Estaba vestida con una bata larga y blanca, tenía el
cabello canoso y largo, le llegaba hasta la espalda baja. Su mirada estaba fija
en el cielo. Recordé en ese momento que mi padre me había dicho que hacía
cuatro años mi abuela no reía ni sonreía. Inesperadamente, aquel recuerdo llevó
a otro que consistía en las enseñanzas que en la escuela y la televisión me habían
dictado acerca de que significa estar loco: una persona que no hace cosas
‘normales’ como hablar solo, gritar, imaginar cosas que no existen, etc. ¡Mi
abuela estaba loca! Comencé a reír en silencio aumentando el tono poco a poco,
me parecía gracioso. El rostro de mi abuela se dirigió hacia el mío y comenzó a
reír también. Subimos el tono, el dolor abdominal aumentaba, me tiré al suelo
contrayéndome, nunca había reído así. Mi abuela se tiró conmigo, ambos
pataleábamos en el piso, nuestra risa rompía el silencio de todo el sitio,
nuestras lágrimas trazaban caminos blancos en nuestro rostro; jamás había visto
a alguien tan feliz. Decidí hacerle cosquillas en las axilas, mi abuela río más
y más; ella se levantó con trabajo, estaba seguro que me ella iba a hacerme cosquillas,
lo sentía. A lo lejos vi a los ángeles corriendo hacia nosotros, supuse que
querían juagar, les llamé con la mano. Al llegar tiraron a mi abuela al suelo
con fuerza colocándole una camisa de fuerza con rapidez, a continuación le
inyectaron una substancia transparente en sus brazos, los ángeles se separaron,
mi abuela estaba tirada, en silencio, sobre el agujero que había cavado con
simba. Me levanté rápidamente frente a mi abuela confundido y aterrorizado. Mi
abuela empezó a moverse lentamente y a balbucear, se levantó con su rostro
lleno de tierra y saliva. Me vio a los ojos y comenzó a gritar con una fuerza
infinita. Su cara se deformaba cada vez que gritaba, su nariz comenzó a sangrar
y el color de su rostro pasó de blanco a morado. Comencé a gritar también,
quería seguir jugando y riendo con mi abuela, pensé que las reglas del juego
habían cambiado, era momento de hacer gritar al otro. Los ángeles la llevaron a
un cuarto sin decirme nada, guardé silencio, me senté de nuevo y comencé a
rellenar los surcos con la tierra babeada que estaba a mi lado.
Mientras recordaba el episodio
sentado en la biblioteca, tenía la mirada clavada en el cielo. Al tomar
conciencia de ello, recordé el antiguo hospital psiquiátrico que estaba en San
Andrés Cholula. Hace al menos cuatro años, por la noche, iba caminando en la
calle que da a la fachada trasera de aquel edificio. Me dirigía al Bar Reforma.
La banqueta solamente tenía un par de faros, ambos ubicados en los dos extremos
dejando ¾ del recorrido oscuro. A la mitad del camino, comencé a escuchar los
gritos de una mujer. El tiempo se suspendió, el eco de sus gritos perforaba mi
pecho, un frío mortal posó mi cuerpo, los gritos continuaban, sentía una fuerza
ahorcándome, comencé a vomitar mientras corría hacia el faro más cercano. Estaba
empapado de sudor y con manchas de sangre en la playera, la boca y la nariz.
Corrí directo al bar.
4.
Había pasado una
hora desde que me coloqué en la mesa de la biblioteca. Decidí irme de allí, necesitaba
aire, un cigarro, moverme, lo que fuera. Salí de la universidad dirigiéndome a
mi hogar. Me dormí casi todo el camino de regreso, estaba exhausto. Fui al Oxxo por un vino y un six de cervezas. Ingresé al
departamento, abrí una xx, me senté
en el sillón, encendí un cigarro y puse el soundtrack
de The Shining. La mujer que pintaba su cara en la mañana la imaginé como
una mujer desollándose con cuchillos sin filo; la mujer atropellada no gritaba,
estaba tirada masturbándose mientras todos la veían; el chofer, al ingresar al
camión, nos encerraba subiendo al máximo el volumen de su estéreo dilatando
nuestras pupilas; mis compañeros tenían hachas en la cabeza y el espíritu
quebrado; mi abuela era la mujer más feliz del mundo; la señora del
psiquiátrico de Cholula no estaba loca, estaba pariendo a un hijo; los comerciales
de televisión no cesaban de proyectar tipos ideales de hombres y mujeres,
maniquís sin substancia, miradas muertas, sueños en estado de putrefacción; los
juegos para los niños cesaban de exterminar a los otros, a los malos; una
jornada laboral de un obrero promedio dejaba de ser un lastre para su espíritu;
los hospitales psiquiátricos producían ángeles; no había terror en todo ello.
Grité un par de veces esa tarde. No
estaba solo, pues, hacía tiempo que aprendí a gritar con ellos.
JAGordilloL.