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domingo, 11 de enero de 2015

Lo que cubre el polvo.



10 y 11 de enero del 2015.

Las memorias de uno, las memorias del otro VI.

Lo que cubre el polvo.

1.

Con los años he aprendido que en Cholula el tiempo se puede acotar y medir poniendo atención en los constantes cambios de color que hay en el cielo. No hace falta tener reloj ni preguntar la hora; una mirada atenta al cielo basta para evadir el vacío que provoca el no-saber. Las nubes blancas son sábanas blancas secándose con los rayos del sol, los colores rojizos son las antorchas de los dioses enfrentándose a la oscuridad, los tonos azules son el reflejo de miles de miradas hacia el cielo. Otro referente que contiene el terror al vacío son las sombras de los objetos proyectadas en el suelo. Este segundo método lo aprendí hoy mientras, a petición de mi madre, organizaba el escritorio y el librero que están en mi habitación en Cholula, Puebla. Cerca de la una de la tarde, tras leer varias páginas de “Trópico de Capricornio” de Henry Miller y un par de poemas de Charles Bukowski, me dispuse a re-organizar varios montículos de papeles que, desde que me fui a Saltillo, había dejado en el librero y el escritorio. En cuatro años se habían acumulado bastantes hojas, libretas, libros, engargolados, folders y notas. Los rayos del sol penetraban fuertemente por la ventana de la habitación moldeando la sombra de mi batería y algunos muebles. Tomé la silla negra que hace años Andrea, mi prima, me había regalado. La acerqué al lado izquierdo de mi escritorio donde había un montículo de unos sesenta centímetros de papeles y comencé a separarlos. Mientras hacía el proceso de selección sentía mi cuerpo diluyéndose en atmósferas del pasado. Tomé las primeras hojas.

2.

A pesar de la limpieza que Reina hace en la casa desde hace tiempo, las primeras hojas estaban llenas de polvo. Mis manos se tiñeron de gris con pequeños pedazos de pelusa. Las hojas estaban rugosas. Eran mis apuntes, que había hecho cinco años antes, sobre la lectura de un volumen color verde que mi abuelo Jorge había comprado hace varias decenas de años. El contenido del libro es una selección de textos de Aristóteles. Mi letra no ha cambiado mucho al día de hoy. Mi interés por leer al filósofo griego, ahora que recuerdo, fue inspirado por la clase de Filosofía que llevaba en preparatoria. Soto, mi profesor, nos daba cierta versión de la historia de aquel saber. Me molestaba el hecho de que no nos enfrentáramos con los textos de los autores que él mencionaba, así que comencé a leer por mi cuenta. Lo mismo sucedió en las clases de Historia, -comencé leyendo “Historia mínima de México”- y Psicología –después de la primer clase comencé a leer mientras me trasladaba al colegio “Psicología, Ideología y Ciencia”, un volumen coordinado por Néstor A. Braunstein-. En ese entonces no entendía por qué los docentes de la preparatoria, en lugar de motivar la relación entre nuestras singularidades como alumnos, nos inducían a memorizar cierta información que “la ideología” de la institución creía conveniente. Las clases de preparatoria me parecían un proceso en el cual nosotros, los alumnos, éramos domesticados a través de castigos y premios, dieces y cincos, reportes y reconocimientos, todo para que cientos de personas de dieciocho años continuáramos el proceso social de producción, y enajenamiento de la diferencia. Ir a clases significaba acudir al asesinato de mis creencias que, durante más de quince años, rigieron mi relación conmigo y con los otros. Las voces de los docentes desollaban mi cuerpo, las intervenciones de mis compañeros eran continuos ejemplos de cómo no debía de reflexionar. Eran momentos de profunda tristeza, incomprensión y soledad.

            Ordené aquellos apuntes en un folder amarillo. Continué con los papeles que seguían; mis apuntes sobre el libro “Historia mínima de México”. Sonreí con nostalgia. “1717, 1724, 1735…” Desde ese entonces deseé estudiar Historia. Pensaba que antes de emitir cualquier juicio sobre cualquier cosa, actuar para ‘mejorar algo’ y entender nuestro presente, se debía de conocer el pasado al que yo estuviera ligado. Doblados en ocho, encontré debajo de aquellas hojas un par de cartulinas que contenían una línea del tiempo, ésta recorría del 2,500 a.C al 200 d.C. Al mismo tiempo que hacía mis apuntes sobre la historia de México, resumía los periodos en mapas mentales que trazaba en cartulinas para pegarlos en los muros de mi habitación. La historia, en ese momento, era la mejor herramienta que conocía para calmar mi inquietud acerca de la búsqueda de lo verdadero, de la sustancia originaria, de lo que iba más allá de la realidad que podía percibir en ese momento, por cierto, nada agradable; mentirosa, traidora, maldita, embustera, hipócrita, pobre, asesina y corrompida. Deseaba comprender las máscaras que con el tiempo me habían conformado para llegar a mi rostro original. Sospechaba que el proceso de purificación superficial no podía lograrse en los parámetros de mi contexto, por ello había que entenderlo para superarlo después.

            Continuaba separando los papeles. El sol seguía filtrándose por mi ventana, sentía el calor. Tomé dos anuarios. Uno del año 2006, mi primer ciclo escolar en el colegio donde terminaría la prepa. Recordé mis amistades de ese año: Jesús, Armando, Edson, Brenda, Estefanía, Eduardo, Javier, Max. Tras mi expulsión en el colegio anterior y las consecuencias que tuvieron, tenía la presión escolar y familiar de “portarme bien” en la nueva escuela. No quería portarme “bien”, solo no quería tener problemas. Por ello buscaba la compañía de compañeros tranquilos, “buenos niños”. Eran buenas personas, dóciles ante la disciplina. Tenía que disimular mis pensamientos. Así que decidí hacer a un lado mis opiniones e impulsos y comencé a buscar buenas notas. El otro anuario era de la primaria a la que acudía antes de mudarme a Puebla. Años 96-97. Varios recuerdos invadieron mi capacidad para si quiera retener alguno de ellos con la atención que se merecen: Aranza, Edgar, narraciones de terror, ‘Mundi’, natación, la cafetería, el auditorio azul. Mi infancia se me presentó como un torrente de imágenes; aquel niño tierno, feliz y con imaginación infinita se desintegra en el presente.

            “Historia y Grafía, El carácter narrativo del discurso histórico” es el título de un número de la revista que publica semestralmente la universidad donde acudo actualmente. Ese ejemplar me lo regaló el entonces coordinador de la licenciatura hace casi dos años. Empolvado y un poco doblado de las esquinas superiores, lo tomé en mis manos para revisar el índice. Mientras estaba en Saltillo como voluntario, viaje cerca de cinco veces al D.F. para visitar universidades y pedir informes. En cada una de ellas me decepcionaba por la plática que tenía con los docentes. Todos ellos decían cosas obvias, frases y conjeturas que todo aspirante no preparado desea escuchar acerca de la carrera donde estará al menos cuatro años de su vida. En ese momento supe que mi formación debía de continuar al margen de cualquier institución que prometía enseñar cualquier saber. Estaba confundido. ¿Cómo era posible que en el mismo país hubiera gente ignorante al movimiento migratorio centroamericano?, ¿en qué momento las discusiones académicas cesaron de involucrarse en los tráficos sociales y se desdoblaron en discusiones ajenas al contexto social?, ¿por qué ser universitario es ajeno a un acompañamiento espiritual? De pronto, mientras dejaba la revista encima del escritorio, recordé el primer día de clases en la universidad. Caminaba por los pasillos llenos de gente, había frío, me sentí en las caminatas que hacía en los bosques de Chiapas. Las personas, pensé, tienen la maravillosa capacidad de tener ellas la capacidad de provocar vacío, eso es lo que nos mantiene en comunicación, en el deseo de estar acompañados.

           
            Había terminado de seleccionar los documentos que iba a tirar a la basura y los que conservaría. El pequeño espacio donde se encontraban todos esos papeles quedó transparente, limpio.

3.

El librero consta de seis repisas. En la de arriba se encuentra un barco pirata de playmobil que les pedí a los Reyes Magos a los seis años. Desde pequeño mi deseo ha sido el embarcarme en dirección a alguna aventura atravesando los océanos, entender la soledad, dedicarme a establecer una relación con la majestuosidad del mundo, conocer todos los puertos, enamorarme de todas las mujeres y relacionarme con todas las culturas. El barco de juguete me permitió cumplir mis deseos en albercas de hoteles y de conocidos, el agua y el espacio eran infinitos. En la repisa siguiente están casi todos los cassettes de Pink Floyd ordenados cronológicamente, los sacudí un poco ordenándolos de nuevo. Tomé el cassette titulado “Works” (1981). Recordé la primera vez que escuché a Pink Floyd. Fue una tarde de domingo en el antiguo departamento donde viví nueve años en el D.F., Cádiz #11, interior 12. Tenía siete años, estaba jugando en mi cuarto con pequeños juguetes del Rey León, cuando quise beber un vaso de chocomilk. Caminando hacia la cocina me tropecé con un baúl de madera que hasta la fecha conserva mi madre. Nunca lo había abierto, no sabía lo que escondía. Me dirigí corriendo a mi habitación de nuevo, me puse unas botas cafés, mi chaleco verde militar, un casco plateado de mi padre que usaba para visitar las obras de grandes edificios, un cuchillo verde de plástico, una espada gris y una linterna. Iba a desenterrar un tesoro secreto. Tiempo atrás los piratas habían escondido allí su fortuna, pues, eran  perseguidos por otros barcos y tenían que adentrarse a aguas profundas y peligrosas. Tenía que ser rápido, puede que llegaran en cualquier momento. Regresé a la sala donde estaba el cofre. Mi padre estaba sentado en la mecedora leyendo “El Arco y la Lira” de Octavio Paz, lo recuerdo porque la portada del libro me llamaba la atención. Bajé las macetas que estaban arriba del baúl y quité el mantel de colores que mi madre había traído de San Cristóbal de las Casas después de las últimas vacaciones. Constantemente tenía que acomodarme el casco, me quedaba grande y me tapaba la vista. Con cuidado abrí el cofre, volteaba con precaución por si alguna trampa de los piratas me atacaba. Dentro había cientos de cassettes. Tomé uno en mis manos, “Zenyattà Mondatta” de The Police. Le pregunté a mi padre qué música tenían esos cassettes, pues, los únicos álbumes que conocía eran algunos cassettes que regalaban en McDonals al comprar una cajita feliz, eran soundtracks de Disney. Mi padre me dijo que era la música que él escuchaba. Se levantó de la mecedora y se sentó a mi lado. Tomó varios de los cassettes en sus manos, sonreía al verlos. Le dije que los contáramos todos y los acomodáramos, me dijo que sí. Empezamos a separarlos por bandas, Genesis, Yes, The Police, Bob Marley & The Wailers, The Cure, Pink Floyd, Def Leppard, etc. Le pregunté cómo había conseguido tantos cassettes, nunca había visto tantos en mi vida. Me comentó que de joven, a los dieciocho años, había conocido en San Cristóbal a unos amigos con los que escuchaba rock por las tardes e iba a montar motocicleta. En sus viajes al D.F. compraba paquetes de 20 ó 30 cassettes que le recomendaba el dueño de la tienda. Le pedí que escucháramos uno. Mi padre me dijo que era hora de enseñarme la música de verdad. Abrió un cassette (Works) con portada gris, abrió el reproductor de música, instaló todas las bocinas, rebobino el álbum y le puso play. “Set The Controls Of The Heart Of The Sun”. Escuchamos la canción en silencio, me resultó extraña. Nunca había escuchado canciones así, dudaba si eso era música, no entendía. Gaviotas, tambores, fondos musicales del espacio. Las gaviotas me recordaron que estaba en una isla descubriendo un tesoro, le dije a mi padre que se pusiera el casco y me ayudara a llevarme el cofre al barco con toda la tripulación, nos pusimos de pie.

            Al lado de los cassettes había unos papeles bastante desordenados. Los tomé todos y empecé a leerlos. La mayoría conformaban cartas que me habían escrito hace algunos años. Me senté en el suelo decidido a leerlas. La más antigua se remonta a los años en que cursaba la primaria. “Hola Andrés, ¿comemos a la hora del lunch juntos? Te quiere Aranza”. Aranza iba un año arriba, en quinto. Era mi ‘novia’ de ese entonces, hablábamos de karate, tae-kwon-do, Harry Potter, El Señor de los Anillos, The Police, etc. La recordé con mucho cariño. Las siguientes cartas me las habían escrito mis amigos el último año de prepa. Unos por iniciativa y otros debido a un ejercicio que el colegio nos puso. Las leí de nuevo. Todas agradecían la amistad que había forjado con ellos, las aventuras y, sobre todo, las pláticas. No había reflexionado esas cartas, pensé en cómo los otros me vivían, me sentí afortunado de haber conocido a todos ellos: Jorge Castro, ‘Goblin’, ‘Pingu’, Marimar, Stefi y, por supuesto, Chapell. En especial re-leí las cartas de Stefi y las de Chapell, las más largas. Con Estefanía había logrado tener un nivel de comunicación bastante bello, nos escuchábamos, reíamos. Me agradaba abrazarla, me sumergía entre sus brazos. La carta de Chapell contenía, en la última hoja, un dibujo titulado “El Viaje”. El Viaje lo habíamos estado planeando desde la preparatoria. Éste consistía en irnos, sin límite de tiempo y pre-ocupaciones sobre el futuro a recorrer el país. Estábamos seguros que nuestra naturaleza era viajar, aprender, disfrutar, mutar. Sonreí. La siguiente carta que me encontré fue la de Sofía, una exnovia, ahora gran amiga. Inmediatamente recordé las tardes que pasaba en su casa viendo películas, comiendo helado de M&M’s, chocolates, bebiendo café, fumando y bebiendo a escondidas de su madre. Veíamos muchas películas, desde lo más comercial hasta lo más extraño. Su gato, Saboni, me caía bien, lo llegué a apreciar. A Sofía la vivía, en ese entonces, como una gran compañía que me escuchaba y acogía con cariño incondicional. Estar con ella era parecido a acostarse en un riachuelo y sentir como el agua acaricia tu cuerpo sin parar. La siguiente carta me la había entregado Jesús (Chuy) el 15 de junio del 2013, días antes de partir de Saltillo juntos. Mientras re-leía aquellas líneas construía en mi imaginación todos los momentos y espacios que él mencionaba, Chuy me conoció, tal vez, en mi estado más honesto y lúcido. Jesús Pérez, compañero del alma, sé que siempre está allí, a la espera de un abrazo, a la espera de compartir unas sabritas y una coca, unas cervezas y unas alitas, un ron, una plática sobre lo increíble que son las mujeres y de autores con nombres rimbombantes. Las cartas siguientes las habían escrito mis padres, fantasmas del futuro. En sus cartas se lee el amor incondicional desgarrado por el entendimiento de que algún día ya no iba a estar con ellos, ya no me bañarían ni me prepararían de cenar, no me ayudarían más a hacer la tarea, no me vestirían por las mañanas ni me contarían cuentos por las noches; me arrojarían al mundo incierto del crecimiento individual.

            Acomodé las cartas y las metí en un folder. Pasé a la tercera repisa de arriba hacia abajo. 132 discos compactos, un par de revistas que conseguí en Morelos y Monterrey, un par de libros que leía de pequeño “Humito” y “Roberto, el rinoceronte” y, por último, un pequeño encuadernado de color azul que los migrantes me habían regalado el ultimo día que estuve en la Casa del Migrante de Saltillo. Me detuve en los libros de mi niñez. Recuerdo que al regresar del colegio, tal vez kínder o los primeros años de primaria, comía con mi madre, al terminar me lavaba los dientes y me dirigía a mi habitación. Mi cuarto, en la niñez, era el escenario de múltiples mundos donde vivía mis más extremas aventuras. Me sentaba en una pequeña silla de madera que mi abuelo Mario nos había regalado a casi todos sus nietos, tomaba el libro de “Humito” y comenzaba a leerlo. Las ilustraciones de aquel dinosaurio verde me encantaban. Más allá del texto del libro, inventaba mis propias historias a partir de las imágenes. Mientras pasaba las hojas mis ojos se humedecieron. Dejé el libro en su lugar y tomé el encuadernado azul. La portada es mi retrato. Oliver, un voluntario de Saltillo, lo dibujó mientras conversaba con un migrante. Abrí el documento, había fotografías y dedicatorias, “Andres que te baya bien y que dios te bendiga nos bas aser falta aun que nos regañaste muchas beses pero aprendimos mucho de ti siempre yeba en tu corazon atodos los migrantes y nosotros tanbien te yebaremos en el pensamiento y en nuestros corazones Te queremos mucho Andres de todos tus grandes amigos. Catalino Garcia”. Mientras leía aquel documento recordé cuando, en la Casa del Migrante, me dirigía a la cocina cerca de las 12:00 p.m. para supervisar como iba la comida. Al entrar veía a Roberto Nateren vestido con una camisa amarilla, unos jeans, botas cafés y un sombrero ranchero bailando solo canciones del Trono de México. Le decía: “qué paso compañero, qué hay de nuevo”. “Aquí al cien chele” respondía Roberto. Le preguntaba que habían preparado y si hacía falta algo. Tomábamos un vaso de Coca-Cola helada mientras nos platicábamos alguna anécdota. Honduras, Guatemala, El Salvador, Nicaragua, todos esos territorios son dimensiones de vivencias y recuerdos a los que me remitían aquellas pláticas, paisajes deseados, sueños derramados en palabras.

            Continué con la cuarta, la quinta y la sexta repisa. Libros y enciclopedias que pocas veces abrí, comencé a hojearlas. Dentro de un volumen había un álbum de fotografías antiguo. La sombra de mi escritorio se proyectaba en la pared, las tres de la tarde. El álbum contenía fotografías de un viaje que realicé a Guadalajara en el año 2000 con mis compañeros de Tae-Kwon-Do. Tenía apenas siete años. Recordé aquel viaje. David, el maestro había conseguido la participación de nosotros en un concurso nacional juvenil. Les dije a mis padres y, tras darme muchos consejos acerca de mi seguridad allá, me dejaron ir.  Estaba emocionado, era mi primer viaje solo, con amigos a una ciudad desconocida. Salimos a las 6:00 a.m. del Sport City de Plaza Loreto -donde acudía a clases-. Tras subir mi equipaje me senté al lado de Gabriel, uno de mis amigos cercanos de esas clases. Empezamos a conversar acerca de películas que habíamos visto y juguetes que teníamos. Gabriel me preguntó si me gustaba alguna de las niñas que viajaban con nosotros, le respondí que sí, Camila era su nombre. En las televisiones del camión pusieron “Límite vertical”, una película bastante aburrida. Llegamos al hotel en Guadalajara. La habitación la compartíamos con Cristopher y su hermano de 19 años. La pasamos muy bien. Ese día en la noche entrenamos en la azotea del hotel. El día siguiente fue la competencia. Recuerdo que había muchos niños de mi edad peleando, me sentí algo intimidado, era mi segundo torneo. Me asignaron a mis rivales, eran una cinta más arriba que yo. A mi lado no estaba nadie conocido, estaba ahí, solo a punto de pelear contra gente más grande que yo. Respiré hondo, bebí un trago de agua y me puse la careta, era la primera pelea. El réferi me puso de frente al otro contrincante, no pude ver su rostro, solo sus ojos. Comenzamos la pelea, patadas al estómago, al rostro, iba ganando. Entre los rounds me sentaba solo en la silla y veía fijamente al otro niño. “No necesito de consejos, todo está en lo que yo he aprendido a ser” me decía a mí mismo. El otro combate lo perdí, el niño me pateaba demasiado fuerte, solamente resistía los golpes, no podía respirar. Recuerdo que, casi al final, el niño me pateó la cara rajándome la piel de la nariz, yo sangraba, me enojé: “maldito”. Me fui con todas mis fuerzas contra él y de una patada de frente lo tiré al suelo. Al final gané segundo lugar. En ese viaje fue la primera vez que me sentí grande, no necesitaba de alguien para enfrentarme a mis batallas, pensé. Confiado y seguro de mí, en la última noche de aquel viaje me dirigí a Camila. Ella estaba rodeada de sus amigas, un montón de niñas sentadas en una mesa. Al llegar, interrumpí su plática y le dije a Camila “Hola, me gustas, ¿quieres andar conmigo?”. Mientras me decía que no me acerqué a darle un beso en la mejilla.

            Dejé aquel álbum de fotos en su lugar, no paraba de sonreír al recordar todas las aventuras de aquel viaje. Tomé un folder que estaba entre dos volúmenes de una enciclopedia vieja. Al sacarlo me llené la nariz de pelusa y estornudé varias veces. Al abrirlo me encontré con muchas hojas con poemas, empecé a leerlos y me di cuenta que no eran míos, recordé que pertenecían a los demás ganadores de la beca de literatura a la que acudí en Monterrey en el 2013. Comencé a leerlos detenidamente, me agradaba la mayoría. Pensé en aquel viaje, fue extraño y conocí a gente interesante. Participé en el concurso gracias a Andrea, mi prima. Mandé algunos poemas que había escrito de mayo a junio de ese año, no eran buenos pero tampoco eran basura, era diarrea mental. Un día después de terminar mi voluntariado en Saltillo, ya en Puebla, mientras me dirigía en camión a mi hogar recibí una llamada dándome la noticia sobre el concurso, había ganado un lugar. Me emocioné, el viaje sería en unos pocos días. Una vez en Monterrey, recorría la ciudad la mayoría del tiempo solo y recordaba la primera vez que había acudido a esa ciudad. Durante las tardes teníamos talleres con diferentes escritores, ahí confrontábamos lo que habíamos escrito ante los demás ‘escritores’. Me di cuenta de mi poca virtud para escribir como ellos pensaban que la literatura exigía, yo solamente sentía la necesidad de escribir sobre mi vida. Pensaba que escribiendo sobre mis aventuras o mi cotidianidad podía tener una mayor conexión con mi forma de vivir la realidad del presente. Pensaba que el producto de aquellas narraciones o poemas podían ser aperturas de significado para quienes ‘me’ leyeran. Esa idea no ha cambiado mucho al día de hoy.

4.

Una vez recogido ese montón de archivos, bajé a la concina por una bolsa de basura para meter lo que no había considerado importante guardar. Mis manos estaban acartonadas, tenían polvo todavía. Mi cuerpo lo sentía exhausto, mi memoria no cesaba de recordar momentos. Decidí tomar una ducha, allí podría tranquilizarme un poco. El agua caliente me relaja al punto de ordenar ‘mentalmente’ mis pensamientos y así dedicarle el tiempo necesario de reflexión a cada uno. Me sentí tranquilo, no me sentía así desde la última vez que lloré por una pérdida. Bajé a comer con mi hermana y mi madre. Hablamos sobre el pasado de mi madre y su hermana Paty, me gusta escuchar a la gente hablar cuando no son estupideces. Al terminar la comida le propuse a mi hermana que viéramos El Señor de los Anillos, El Retorno del Rey. Ella dijo que sí pero que compráramos algún postre. Fuimos al Oxxo, ella eligió un gansito, unos pingüinitos y galletas oreo. Tomé una cerveza del refrigerador, dos equis ámbar. Al llegar al hogar preparé café de Chiapas mientras mi hermana me preguntaba acerca de Gandalf. Respondía lo que recordaba de mis lecturas. Subimos a la sala de televisión y comenzamos a ver la película. Casi al final de la película me conmoví como hacía tiempo no me pasaba. Sentí ganas de llorar. Ver aquella película con mi hermana me recordó un momento que pasó hace diez años. Estaba en mi habitación en el D.F, en Cádiz. Veía “La Comunidad del Anillo” acostado en mi cama, comía lenguas de gato que me había regalado Aranza en la despedida que había organizado un día anterior, pues, en esa semana me mudaba a Puebla. No entendía por qué nos teníamos que mudar, comenzar una nueva vida en otro lado, abandonaba a mis amigos, nunca volvería a ser igual, quería mi vida normal, sin alteraciones, sin cambios. Comencé a llorar en silencio. Mi hermana, de un año entró a mi cuarto y, con trabajo, se paró a lado de mi cama y me abrazó dándome un beso en la frente. Me quedé viendo sus ojos rasgados, mi hermana de un año me había dado el abrazo que necesitaba, aquella muestra de afecto y acompañamiento, sin decirme ninguna palabra. La película había terminado, mi hermana tiene ahora doce años. Me dijo que se iba a dormir, se fue a su cuarto. Me quedé sentando en el sofá-cama pensando acerca de este día. Bajé por la cerveza al refrigerador y la subí a mi escritorio. Sentía la necesidad de escribir sobre la experiencia del recuerdo. Encendí un cigarro, abrí la laptop y comencé a escribir.



           
            La memoria, única fundadora del ser. Las formas de recordar estructuran nuestra percepción del presente, el pasado es nuestro referente, cómo recordamos es sinónimo de cómo pensamos. Los archivos, lejos de representar acontecimientos pasados, son marcas que nos permiten entrelazar deseos y traumas para re-inventar nuestros mundos y significarlos con el fin de vivir en un constante movimiento de dimensiones diferentes. Consultar un archivo es profanar una tumba, liberar a un espectro invisible, tocar su ceniza y con ella formular conjeturas de las miles de vidas que el muerto pudo haber tenido. Consultar un archivo es el sumergirse en el provenir de uno, de su apropiación del otro. Hoy, al enfrentarme a mis archivos, me di cuenta que las amistades, amores y sucesos que había vivido se habían escapado, mi rencuentro con ellos fue diferente, comienzo a pensarme a partir de mi concepción de los otros, ellos se borran como huellas en arena mientras me doy cuenta que, sin ellos, mi presencia como hoy la he entendido, es un espejismo.

JAGordilloL.
           
           
           
           
           

            

domingo, 23 de noviembre de 2014

Repoblar con sirenas los pantanos.

Septiembre de 2014.

Las memorias de uno, las memorias del otro II.

Repoblar con sirenas los pantanos.

Todo el parecido a la realidad es mera
coincidencia. Blah, blah, blah. 

El nivel de expectativas y emoción que se tienen al ingresar a la universidad son proporcionales a la ignorancia. Tardé cerca de un año para convencerme de ello. Las clases, lejos de ser un sitio de aprendizaje, son similares al hundimiento en un pantano. Los alumnos, sin tener claro el por qué de su estancia en tal institución, son violentados con un embudo de teorías que, a falta de seriedad y profundización, se convierten en la carta de presentación de una clase privilegiada de todólogos. Los docentes, acostumbrados a una clientela de lactantes, se especializan, sin saberlo, en producir monólogos. En fin, más allá de mis quejas –absurdas–, la universidad tiene la ventaja de ser un espacio, limitado, donde los encuentros suceden, me suceden. Es lo bello del acontecimiento; no es cuantificable, no está sujeto a predicciones, mejor, es una experiencia que se desborda de todo acto performativo.
Fue, en un momento impredecible –pero posible–, cuando tras finalizar una clase, me presentaron a Regina. Observé su físico, era muy atractiva. Tiene el cabello castaño claro –casi güero– ; su estatura excede el “promedio”, calculo un metro setenta y cinco, tal vez más; sus ojos son de color verde claro; su voz –que delata de inmediato el lugar de su procedencia– tiene una tono grave y alto. Recuerdo nuestra primera platica. Ella me contó, brevemente, su proyecto de tesis y breves pasajes de su historia. Yo le conté mis inquietudes sobre temas propias de mi carrera, mi reciente estancia en su ciudad natal y mi opinión sobre aquel sitio. Hablamos cerca de una hora. Nos despedimos.
Pasó cerca de un mes antes de que nos volviéramos a encontrar. Un profesor con quien suelo conversar y discutir algunos temas de nuestro interés, me invitó a una de sus clases. Pensamos que allí podría ser una oportunidad para compartir nuestros puntos de vista. Las clases eran miércoles y viernes de la una de la tarde a las tres. Tras un par de semanas decidí acudir al salón. Al ingresar me encontré con unos quince o veinte compañeros, dos conocidos, los demás eran extraños. Inmediatamente volteé a ver a un par de mujeres; eran guapas y vestían de tal manera que mi mirada recorrió gustosamente su cuerpo. Tomé asiento. Saqué mi libreta y una pluma para anotar. De pronto, Regina ingresó al salón sentándose en el pupitre de mi izquierda. Nos saludamos.

-No sabía que tomabas esta clase, dijo.
-Me invitó el profesor, vengo de oyente. ¿No ibas en maestría?
-Sí. Hubo un problema en la inscripción de materias. Vengo por equivocación.  
-Ok.
            La clase comenzó y finalizó como todas las demás. Salí del salón, encendí un cigarro y me fui de la universidad.
Días después acudí a una fiesta en el departamento de una compañera que estudia literatura. Compramos cerveza, y, más tarde, bebimos vodka. No quería estar allí. Más allá de la platica con un compañero de filosofía, lo demás era aburrido. Lugares comunes, aventuras que no me interesaba escuchar. Una amiga –la que me invitó a la reunión, amiga a su vez de la anfitriona– me recordó que le atraía a Julieta, la estudiante de literatura. No me gustaba, ni me interesaba. ¿A qué hombre puede gustarle una mujer que se la pasa callada durante una reunión y solamente sonríe, estúpidamente, cuando le diriges la mirada? No importa. Estaba ebrio, caliente y era el objeto deseado de alguien. Me acerqué a Julieta y conversamos, no recuerdo el tema. Nos besamos. Ella hacía constantemente pausas para preguntarme por qué la besaba. Me desesperaba esa actitud. Solamente quería sexo. Le dije cualquier cosa y a partir de allí, durante unos meses, iba a su departamento a follar con ella. No follaba bien, no me aburría.
 El paso del tiempo en la universidad aumentaba mi fatiga en mi vida diaria, la relación con Julieta no ayudaba; me sentía en un estado de putrefacción. Mis distracciones dentro de mi horario de clases se concentraba en burlarme de algunos de los alumnos, ver mujeres y acudir a la clase donde coincidí con Regina. Después de terminar esa clase –las de los miércoles y los viernes– como de costumbre me dirigía con el docente a un área para fumadores. El área asignada para los consumidores de tabaco me producía, en ese tiempo, náuseas. Me sentía como un pollo de engorda, aislado y rodeado de mierda. Regina solía, de vez en cuando, ir con nosotros a platicar, o, simplemente a estar y escuchar. Apreciaba ese gesto. Empezamos a coincidir en el regreso a nuestros hogares. Regresábamos juntos y conversábamos. Me gustaba escucharla. En una platica recuerdo que le pregunté por su edad.

-¿Regina, cuantos años tienes?
-26.
-¿En serio? Te ves más joven.
- Es lo que me han dicho, lo que me dicen casi siempre.
-Pues, que vieja estás –le dije en tono de broma.
-¿Y tú, cuantos años tienes? Tengo dudas, vas en licenciatura pero no pareces.
-Tengo 20. ¿Por qué no parezco?

Risas. Cuando ríe más de cinco segundos suele soltar fuertes carcajadas.

- Eres muy pequeño. Pues, no sé, hablas como alguien más grande, más maduro. Pero no te alces ¿eh?. Tómalo como un cumplido, nada más.
-Me lo han dicho anteriormente. Pero gracias, supongo. Deberíamos de ir un día por un trago, una comida, un café, da igual.
-Me parece.

            Pasó el semestre y no tenía manera de contactarla más que por las clases que, por desgracia habían terminado. Quería verla, de verdad. Pero no iba a pedirle su número. El encuentro, pensé, tenía que continuar siendo esporádico, nada de planeación. Parecía un cliché. Para mí tenía sentido. De hecho, a veces, al caminar por las calles de mi hogar –me agrada, desde hace tiempo, caminar sin rumbo y, eventualmente, pararme a tomar un trago en algún bar– deseaba encontrármela paseando por allí. Tal vez, algunas de mis caminatas pudieron ser por forzar el encuentro, aún así, solamente me encontraba con mi deseo fracturado.
            Continuaba follando con Julieta. El hecho de ir a su departamento, beber vino y/o cerveza, encender la televisión y apoltronarme en su sillón me tranquilizaba. Cesaba mi continua reflexión sobre el absurdo que, generalmente, reina las decisiones de la gente: esforzarse e inclusive pagar por, cada vez mas, apegarse a una serie de personalidades reguladas por un sistema de consumo que busca, a toda costa, borrar toda diferencia.
 Al menos, con el silencio de Julieta, esos pensamientos se suspendían. Mis encuentros con Julieta no eran exclusivos. Al mismo tiempo, con diversas mujeres tenía relaciones de otro orden. Todas ellas agonizantes pero placenteras. Hacía años que no me enamoraba. No tenía por qué suceder, no había motivo.

            Pasó poco tiempo para que dejara de ver a Julieta. Me había hartado la situación, ya no era placentero. Le dejé de hablar. Recuerdo que mi amiga, la que nos presentó, me dijo que estaba triste y que ella se había enamorado de mí. Por mi parte, tenía otras preocupaciones. La recuerdo con cariño.
            Por motivos que solamente evidenciarán las letrinas de mi historia, tuve que empezar a trabajar. Pagar mi comida, mi universidad, mis libros, el alcohol y el tabaco. Uno de mis trabajos era el participar en un proyecto de divulgación de la historia. Era divertido y aprendía mucho. Mucho más que en las clases y, además, me apagaban. Uno de los tantos productos del proyecto fue la publicación de un documento que integraba información que, sin duda, acompañaría a la reflexión de varios temas. La presentación fue un día entre semana. Invité a algunos amigos y conocidos al evento, pocos llegaron. Una vez sentado en el foro de la presentación vi, con emoción, cuando Regina ingresaba y tomaba asiento. Nos reconocimos mirándonos. Nos saludamos con un gesto. La presentación inició. No duró mucho, tal vez una hora. Terminando hubo un brindis. Decidí ir con mis amigos. Bebimos mucho vino y platicamos de temas que no me divertían, no me aburrían, pero me hacían reír. Al finalizar el brindis, ya beodos, mis amigos y yo, decidimos ir a fumar un cigarro. Llegando al área más cercana para fumar –de nuevo me llegó el recuerdo del desagradable aislamiento– me encontré con Regina. Ella hablaba con algunos de sus amigos. Eran grandes, más de treinta años. Me terminé el cigarro antes de hablarle, la saludé y le pregunté sobre sus planes de esa noche.

-Hola Regina.
-Hola, ¿cómo has estado? Hace tiempo que no nos vemos.
-Ya sé, un rato. Pues, he estado trabajando aquí, por allá. Sigo estudiando, y, demás. ¿Qué vas a hacer al rato, en la noche? –pregunté–.

Volteé a mi derredor y vi a sus amigos mirándome con cara de repudio.

-Pues, no sé. Tal vez ir a beber por ahí. Tengo una reunión por donde vivimos, puede que vaya. Pero, llámame y vemos.
-No tengo celular, sabes que me disgustan. Pero le digo a mi amigo que lo apunte.
-Ok.

            Nos pasamos los números. Era hora de irnos, el transporte público no suele transitar a altas horas de la noche. Menos subir a una tercia ebrios.
Nos fuimos.
En el camino recordé que una mujer que estaba en la presentación cumplía años ese día. Me comentó durante el brindis sobre una reunión que harían cerca de mi casa, en un bar. Me invitó. Decidimos contactar con ella por medio del celular de mi amigo, el mismo que registró el número de Regina. Al llegar a mi hogar, un amigo decidió irse. El resto de nosotros, fuimos a un bar que está en la esquina de mi casa por un trago. Platicamos sobre nuestras posturas de ciertos temas y hablábamos sobre las mujeres que estaban en el bar. Terminamos nuestros tragos y nos dirigimos al bar donde se festejaba el cumpleaños. Al llegar pedí una cerveza y comencé a hablar con unos sujetos, eran divertidos. En una de mis idas al baño recordé que mi amigo tenía en su celular el número de Regina. Se lo pedí y, con cierto grado de emoción, le hablé.

-¿Sí? – Contestó ella–.
-Hola, ¿Regina?.
-Si, ¿quién habla?

No respondí.

-¿Eres quién creo que es?, dijo.
-Puede que tengas mucha imaginación, contesté.
-Sabía que me ibas a hablar, respondió.
-¿Quieres venir por un trago?
-¿Dónde estás?
-En un bar.
-No creo. Estoy en una fiesta y la estoy pasando bien. No quieren gente externa aquí.
-Ok. Pues, me hubiera gustado verte. Estoy casi seguro de que no la pasaríamos, al menos, aburrido.
-Pero, estás con tus amigos ¿cierto?.
-¿Y?
-Se me olvidaba que eras más maduro y a veces te cansan esas reuniones, me dijo con un tono sarcástico y burlón.
-Da igual. Diviértete y nos veremos, algún día.
-Está bien. Adiós.

            No me sentí mal por el rechazo. Solamente me di cuenta del gran vacío y hartazgo que tenía en esos momentos. Fui por un mezcal. Continuamos bebiendo con mis amigos y decidimos acudir a otro bar. En el camino, una mujer que estaba en el grupo y yo empezamos a platicar. Estábamos ebrios. Ella se sentó sobre mis piernas poniendo sus nalgas sobre mi pantalón.
 Con el movimiento del automóvil –al cual nos subimos para cambiar de establecimiento– ella rozaba su cuerpo contra el mío. Empezamos a acariciarnos y besarnos. Era incomodo, al lado teníamos a más gente y no podíamos movernos como lo deseábamos. Llegamos afuera del bar. Me fumé un cigarro fuera viendo a un par de edecanes de Marlboro. Más que deseo, me produjeron angustia. La utilización de su cuerpo para vender cigarros me parecía detestable. Sí tan solo hubieran dejado de sonreír por un segundo, me hubiera gustado ver su rostro serio. Aún así, tenían buen cuerpo. Lancé mi cigarro en la calle. Entré al bar. Subí unas escaleras, me dirigí a la barra y pedí tres tragos. El hecho de hacer fila me producía asco. Tras pagarlos, di la vuelta y mis amigos estaban allí. La mujer del roce de los cuerpos me besó apasionadamente mientras, con sus manos, me agarraba el cabello. No quería que mis tragos se me cayeran al suelo. La separé, me bebí dos de ellos y me senté en un sillón a escuchar la música. Sonaban canciones tropicales, la gente bailaba. Fui a la barra por cerveza. Mientras esperaba, una mujer me tocó el hombro. Volteé y era una amiga de Guadalajara que había conocido poco tiempo atrás. Era atractiva, sin embargo, al menos conmigo, nunca habló mucho. Ella tomó mis cervezas para sí sonriéndome y fue a bailar. Me di la vuelta y pedí más cerveza. Decidí ir al baño. Me encontré con la mujer del automóvil y los movimientos placenteros. La invité a mi casa a seguir bebiendo.

-¿Estás bien aquí? Pregunté.
-Estoy algo aburrida.
-Vamos a mi casa por un trago.
-Tengo novio, dijo.
-Y yo tengo vino, ¿vamos?
-Está bien. No le digas a nadie.
-A nadie le importa, créeme.

            A punto de irnos, unos de sus amigos la detuvo y hablaron durante un rato. Bajé por otro cigarro. Mientras lo fumaba un sujeto me regaló una cerveza nueva. Bebimos en silencio. De pronto bajaron la mujer y su amigo.

-Me tengo que ir, dijo.
-¿Tienes qué?
-Bueno, no puedo hacerle esto a mi novio, vamos 5 años.
-No te apures, nunca le haces nada a él. Ni siquiera sabes quién es él. Es lo que puedes y quieres ver. Te da miedo sentirte mal tú, él no importa, no te importa, no nos importa. Nunca ha importado, ni importará.
-Aún así, me voy.

            Me besó por última vez y se retiró. Decidí reingresar al bar por un trago más e irme después. De nuevo en la barra conocí a una mesera de allí. Era guapa. De estatura baja, con cabello largo, negro, y sus ojos tenían un tono azulado; comenzamos a platicar sobre lo divertido que es ver a gente ebria. Sobre todo porque demuestran lo que reprimen la mayoría del tiempo. La invité a mi casa, me pidió mi dirección. Se la di y me fui del bar.
            Amanecimos juntos. Ella se encontraba a mi lado, con todas mis colchas sobre su cuerpo desnudo. A lado de mi cama, en mi buró, había un trago de vino, lo bebí y empecé a acariciar su cuerpo. Despertó y tuvimos sexo. Fue muy pasional, empezó besando mi cuello, y, antes de la penetración, realizó el mejor sexo oral hasta ese día. Duramos cerca de treinta minutos, espere a que acabara ella para correrme. Terminé, saqué dos cervezas del refrigerador. Al regresar a mi habitación ella estaba dormida. Me senté en mi sillón, abrí una cerveza, encendí un cigarro y solamente pensaba en Regina.

            Las vacaciones comenzaron. Continúe trabajando. Para mi las vacaciones son un alivio. No veía a tanta gente, me daba tiempo para escribir, leer y beber sin tener que ir  al día siguiente a clase.  La resaca resultaba ser la única carga.
Recuerdo que una noche iba caminando con dos amigos en dirección a un bar. De camino me encontré con Regina. Mi deseo pasado de encontrármela en la calle se había esfumado, me sorprendió. Nos saludamos- de nuevo me emocioné por verla. Iba vestida de negro, con el cabello más largo, le llegaba a media espalda, olía bien y sus aretes, de jade verde claro, resaltaban su cuello. Intercambiamos palabras y nos despedimos. Mis amigos me preguntaron acerca de ella.
Encendí un cigarro. Al llegar al bar pedí un trago. No recuerdo cómo acabó esa noche, no importa. Había visto a Regina después de perder toda esperanza de volvérmela a encontrar.
Amanecí, vomité en un baño ajeno. Al regresar del sanitario y enjuagarme la boca vi a una mujer en una cama, al lado mi ropa y una botella de ron casi vacía. Me vestí, encendí un cigarro, bebí de la botella, decidí llevármela y me dirigí a mi hogar.

            Los días pasaron y un nuevo semestre comenzaba. Lo único interesante de regresar a la universidad era ver a un par de mujeres con las que estudio la carrera, las alumnas de nuevo ingreso, las novedades en la biblioteca y saludar a algunos conocidos y amigos. Mi horario no quedó mal. De martes a viernes salía a las 3 de la tarde e ingresaba, excepto el miércoles, a las 9 a.m. Me daba tiempo para escribir, leer y caminar.
            Pasaron los días, el asco se agudizaba. Un martes, tras un fin de semana que pasé con un amigo que regresaba de Los Ángeles, estaba en la biblioteca de la universidad sentado, crudo, esperando a que dieran las 11 a.m. para ingresar a una clase. Mientras checaba mis redes sociales –hace tiempo que las uso solamente para difundir mi blog y leer un par de publicaciones interesantes– escuché que alguien llamaba mi nombre. Volteé a ver y era Regina. La vi más delgada, más guapa que nunca, no por su físico, más bien, por lo que me hacía sentir: una incomprensión de por qué me atraía tanto.

-Regina, me da gusto verte, le dije.
-A mi también, hace tiempo que no nos veíamos.
-Desde la presentación del libro.
-Oh sí, ahora recuerdo. ¿Cómo has estado?
-Agonizando, como todos.
-¿Ah?
-Bien.
-Vengo a hacer unos tramites, me graduó pronto.
-Qué bien. Me gustaría ir a tu ponencia.
-Claro, yo te aviso, será por octubre.
-Me encantaría.
-Pasas a tercer semestre, ¿no? Preguntó.
-Y ya no aguanto.
-Eres un amargado, me dijo.
-Tú también. Además pareces de 50 años.
-Jódete, respondió.
-Oye, vamos por un trago.
-¿Ahora? Son las 11 a.m. Es muy temprano, contestó.
-Mejor, así el día se diluye desde la mañana.
-No creo, pero, en un rato estaría bien ir.
-¿A las 12:30?
-Va. Te espero aquí, en la biblioteca. Llega temprano, me aburro rápido.
-Te veo a las 12:30.

            Acabó mi clase temprano, cerca de las 12:20. Fui a fumar un cigarro. Me encontré a unos compañeros de la carrera y conversamos. Al terminar de fumar ingresé a la biblioteca en búsqueda de Regina. Estaba sentada con las piernas cruzadas. Me vio, guardó sus cosas y se levantó. Salimos en silencio de biblioteca, acordamos donde ir a beber. Fue en un bar que se encuentra en frente de la universidad.
            Nos sentamos, comenzamos a beber y platicamos cerca de 5 horas seguidas. Los vinos aumentaban (proporcionalmente nuestras risas). Era un momento grandioso. Sus comisuras, al reír, hacían su sonrisa más bella; su mirada, no sus ojos, me permitían dejar de observarla. Al dar las 5:30 de la tarde, decidimos irnos de ahí y acercarnos a nuestro hogar. Allí decidiríamos si continuar la plática o suspenderla. No le dimos importancia en ese momento. Reíamos juntos, estábamos, al fin, juntos. Subimos al mismo transporte. Ella tomó asiento, inmediatamente al sentarme, la besé. Sus labios sabían a vino. Nos separamos, sonreímos y reímos fuertemente. Saqué mi Ipod y comenzamos a escuchar música durante el camino. Escuchamos The Cure, entre otras bandas. Bajamos del transporte y le propuse que fuéramos a mi casa un rato. Accedió. Al llegar puse música, encendí un cigarrillo y comenzamos a platicar. Le conté sobre mi relación con un par de muy buenos amigos, mi interés por la poesía –inclusive le leí uno o dos poemas míos– y, en mi sillón, comenzamos a besarnos, ésta vez, más rápido. Recibí una llamada –por razones de trabajo tuve que comprar un celular, uno sencillo, que, por cierto, sigo sin saber usar–. Ese día iba a tener visitas en mi hogar y, preferiblemente, debía de estar. Le comenté a Regina y nos dirigimos a su departamento. Vivimos cerca, 20 minutos a pie tal vez. En el camino reíamos y platicábamos. Paramos a comprar más vino, cigarros y agua.
            Ingresamos a su hogar. Es un espacio amplio, amable con la vista a los árboles que se encuentran en la calle de enfrente. Me invitó a su habitación. Estuvimos bebiendo y platicando cerca de una hora. Ella me ofreció marihuana. Fumamos. Hacía mucho que no pasaba un momento sin preguntarme por lo que pasaba fuera de mi, todo se centraba en el goce que sentía al no saber que me mantenía allí, con ella, conmigo, con nosotros. Nos besamos de nuevo durante un lapso de tiempo. Follamos. Follar no se reduce a correrte dentro de una mujer. No. Follar es la prueba física máxima en la cual el deseo por tener al Otro es casi posible debido a la penetración, sin embargo, al saber que por más dentro y unidos que estén –la pareja– siempre escaparan de ellos mismos.
            Al terminar, seguimos bebiendo y continúe fumando mis cigarros. Platicamos un rato y ella tuvo sueño. Quedó dormida. Bebí más y me acosté a lado de ella. Le acariciaba apenas con las yemas de mis dedos. Recorría su espalda y su vientre. No dormí en toda la noche. Sufro de insomnio, dormir me da miedo. Los sueños y las pesadillas son demasiado placenteros para despertar. Es, justamente, el despertar a lo que temo. En fin, me vestí en la mañana. Ella se despertó y me preguntó qué hacía. Le dije que tenía que irme, tenía compromisos. Nos despedimos.
            Días después acudí a una fiesta. Regina continuaba en mis pensamientos. Bebía whisky y platicaba con mi primo. Después de varias copas, pude sentirme menos tenso. Continuábamos platicando y bebiendo, solo quería la mirada de Regina, sentir, por un momento, su piel. Me senté en una mesa, allí había cerca de 8 jóvenes, no más de 19 años bebiendo en silencio y jugando con sus celulares. Sí supieran lo ridículos que se veían se hubieran revolcado en su mierda. Comencé la plática con ellos, en especial, con dos o tres mujeres que, más que aburridas, se veían vacías. Me gustaba su risa, las mujeres cuando ríen le dan un respiro al mundo. Una de ellas, la menor, acaparó mi atención.

-He leído tu blog, me gusta como escribes, me dijo.
-Es reconfortante escribir, lástima que sea efímero.
-¿Has escrito para mujeres? Pareces conocerlas bien y, al mismo tiempo, desconocerlas.
-Una vez amé a una. Me gusta follar.
Pensé en Regina, bajé la cabeza y sonreí.
- Nunca he follado ni he amado a alguien, me contestó.
-Es interesante pero la mayoría de gente que ama y folla no hace más que masturbarse a sí mismo por medio de Otro. Es deprimente.
-¿Por qué eres tan hostil? Preguntó.
-No soy hostil. Prefiero otras cosas, nada más.
Me serví whisky de una botella y enciendo mi cigarro.
- Vamos a mi hotel, quiero estar contigo hoy, solo hoy.
-No, respondí.
¿Estás seguro de que eres …

Interrumpe mi primo beodo y me pregunta si es hora de irnos…

-Me largo. No lo hagas con quien sea, ¿quieres? Con quien elijas hacerlo, cuida que no te ame, que no le gustes nunca. Fíjate en que ese sujeto, el que vaya a ser, se atreva a vivirte en la ceguera, en el misterio, en la diferencia.

            No volteé a verla. Me llevé la botella de whisky y me fui a casa. Terminé la botella escuchando un álbum de Nick Cave. Me quedé dormido en mi escritorio. Terminando el fin de semana, ya en la universidad, decidí hablarle a Regina. No contestaba.

            Decidí ir a beber. Diferentes amigos me acompañaron en los distintos días de la semana. No pude estar sobrio durante 6 días, era demasiado.

 El domingo salí con Regina a cenar. Tomamos cerveza y mezcal. Platicamos sobre muchas cosas, todas ellas interesantes. Fui a su casa después de la cena y, de nuevo en su cuarto, estuvimos platicando. Nos besamos .De pronto, me dijo que se iría a Roma un tiempo. También me contó lo que había hecho el viernes y el sábado de ese fin de semana. Su estancia con dos hombres distintos y lo bien que se la había pasado. Cerca de las 2:00 a.m. del lunes decidí largarme de ahí. Nos despedimos y le deseé buen viaje. Caminé hacia mi casa, había frío y ninguna persona andaba por allí, iba solo. Pasé en ir a comprar una botella.  En la tienda donde la adquirí, llegó Miriam, una mujer de 36 años con quien, hace un año salí un par de veces. Mujer hermosa, cabello castaño hasta los hombros, ojos color avellana, piel blanca, y su voz, profunda, como el sonido del viento entre el bosque. Nos saludamos. Yo no comprendía por qué Regina me dijo lo de los dos hombres, necesitaba un trago.

-Oye, ¿qué haces tan tarde aquí?, me preguntó.
-Necesitaba un trago. Tiempos difíciles.
-¿Qué tanto?
-Imagina que te hundes, diariamente, en un maldito pantano. De pronto hay una sirena y, por algún motivo, te impulsa a no hundirte para continuar viéndola. Hace tiempo que no veías a una; por la condición pantanosa, estabas destinado a nunca ver más sirenas. De pronto, ella, la sirena, se hunde y, con tal de verla, te hundes en su búsqueda. Lo que no sabes es que ella puede regresar a la superficie, tú no. Una vez hundidos, ella te besa y decide subir a la superficie.
-Suena terrible, dijo.
-Voy a mi casa, ¿quieres un trago?
-Vamos.
- Quédate a dormir, ¿quieres? Le propuse.
- No. ¿Quieres que follemos?, follamos. Me voy después de tres copas.
-Está bien. No hay vergüenza en el placer, he.
-Mañana tengo trabajo, es por eso.

            Miriam pagó sus cigarros y nos dirigimos a mi hogar. Bebimos, fumamos algunos cigarros y follamos. Al terminar se tomó de un solo trago un vaso de whisky. Se fue. Salí a mi balcón –da a la calle de ingreso a mi edificio– la vi salir, me encendí un cigarro, me serví un trago tras otro. Recuerdo que estaba ebrio y me quedé dormido en el baño, vomitado.
            Al día siguiente hice absolutamente nada. Tomé una ducha, bebí y terminé de leer un libro. Terminé lo que quedaba de la botella que había comprado y comencé a leer mi correo. Habían varías cartas. La mayoría de mujeres y sorprendentemente dos de amigos distintos. Casi nunca escriben, pero cuando lo hacen, logran hacerme pensar. Me quedé dormido sobre mi escritorio.
            Amanecí. Día de ir a la universidad. Me bañe. El agua parecía un montón de mierda que me caía en el cuerpo, salí del baño. Bebí una cerveza que estaba en mi buró, encendí un cigarro y comencé a vestirme. Acudí a la universidad. Estuve algunas clases y, al terminar la última, me encontré con una amiga. Lourdes toma clases delante de mi salón el día martes. Me gustó verla, ver un rostro amigable alegra a cualquiera. Nos saludamos, hablamos 5 minutos sobre los suceso recientemente acontecidos y, de pronto, una mujer de cabello castaño, piel blanca, estatura mediana y ojos cafés se acercó a saludarla. Iba muy bien vestida, llamó mi atención. Me saludó también y se metió a su salón. Recuerdo que se llama Caro o algo así. No es importante. Terminé de hablar con Lourdes y me fui a mi casa. Me quedé dormido en el camino. Al despertar, tomé el metro y caminé a mi hogar. Llegué, abrí una cerveza, encendí un cigarro, puse una canción de Ozzy Osbourne, recordé a Regina. Sin embargo, la carga de tristeza que me habitaba hasta ese momento cesó. Se desvió y pensé, con una sonrisa, en Carolina. Me terminé mi cerveza, abrí otra y me dije a mi mismo:

-La vida es una planta de tratamiento. No hay duda. Es una mierda, depende de nosotros, de cada uno, volver de esa mierda abono.

Le di un trago a la cerveza, encendí un cigarro.

 La universidad. Lugar de encuentros inesperados. Regina, Carolina, en fin. Queda, solamente, repoblar con sirenas los pantanos.

JAGordilloL.